Más de 550 personas están evacuadas o autoevacuadas y cerca de 60 familias siguen aisladas. El Paraná bajó unos centímetros, pero se espera una nueva crecida y el barrio Ibiray se prepara para lo peor.
Por: Raúl Mendoza y Sergio Galarza, enviados especiales

El río no baja limpio. Trae ramas, troncos, islas flotantes de camalotes y una basura que se fue acumulando en cada rincón de la costa y que ahora el agua devuelve. Todo eso se enreda en los alambrados, se amontona contra las paredes y se mete en los patios. Cuando el Paraná se retire, además del barro, quedará ese rastro: la huella de lo que se tira y la crecida lo regresa.
Entre esos restos, en Itatí, hay familias que solo pueden salir de sus casas en canobote o lanchas. Llegamos a ellas de la mano de Griselda Aquino, de la asociación Nueva Esperanza, que nos hizo de guía y nos permitió ver de cerca la realidad de quienes siguen aislados en el barrio Ibiray. Griselda conoce como pocos el barrio y sus pasillos, y sabe lo que pasaría si la creciente se parece a la del 83: todo el barrio quedaría bajo el agua.
Margarita, vecina de la zona, lo tiene grabado. “Hay cerca de 60 familias aisladas que tienen que salir en bote de sus casas. Cuando fue la inundación del 83, quedó una sola familia acá en el barrio. Hasta nosotros tuvimos que irnos, y eso que es zona alta, pero fuimos los últimos en salir”, cuenta. Para ella y muchos otros, aquella crecida sigue siendo la mayor marca que vivió el lugar. Las huellas que deja el agua hoy reviven esos peores temores y recuerdan las crecientes más temidas de las últimas décadas.
Los registros de Itatí le dan la razón. Aquel año, el Paraná llegó a 10,13 metros, la marca más alta de las máximas inundaciones registradas. Detrás quedan 1992, con 9,31 metros; 1998, con 8,92; 1966, con 8,62; 2013, con 8,07, y 2015, con 7,92. La creciente actual todavía es una incógnita, pero las proyecciones no son alentadoras.
Salir no es fácil. A las familias les cuesta dejar lo que tienen y muchas esperan hasta el último momento. Isabel supo que esta creciente venía distinta cuando vio que, en solo dos días, el agua avanzaba sin pausa. En 2023 había llegado hasta el fondo de su casa y se había quedado ahí. Esta vez no. Cuando entendió que estaba por cruzar la puerta, junto a su familia y pidió ayuda para llegar a un lugar seguro.
“En 2023, el agua llegó al fondo, pero no entró. Ahora, cuando vimos que iba a entrar, salimos y pedimos ayuda para ir todos a un lugar seguro”, cuenta. Hace una semana que viven en el Centro Cultural Pocho Roch.
Tiene los ojos de un verde turquesa que ya vieron pasar varias crecidas y hoy se les nota el cansancio. “Dicen que esta viene grande”, repite, y se queda mirando un punto fijo, como si ya estuviera pensando en lo que viene. Está agotada de, cada vez que el río sube, perder lo poco que logró juntar con su trabajo. Ya no quiere vivir al borde de la cañada, pendiente de los centímetros que gana el agua y del día en que tenga que dejar la casa otra vez.
Su historia es una entre muchas. En Itatí, la creciente no golpea a todos por igual. Hay familias que siguen en zonas inundables y repiten el mismo libreto en cada ciclo del río. Otras lograron salir de ahí cuando el Estado les entregó una vivienda y hoy miran la crecida desde lejos.
“A mí me dieron mi casa y ya no me inundo más”, dice Roxana, que vende chipá en su bicicleta por las calles del pueblo. Conoce bien a los vecinos y sabe cómo viven. Cuenta que algunos que recibieron una vivienda la vendieron y volvieron a las zonas bajas.
Es una historia que el barrio ya vio repetirse. “En el 2001 (tras la crecida del 98) hubo una reubicación, pero muchas familias vendieron sus casas y volvieron al río”, recuerda una vecina. Con los años, esa dinámica de venta de viviendas sociales y regreso a la costa fue consolidando la permanencia de familias en áreas expuestas a las crecidas.
No son la regla, pero tampoco hay que pasarlos por alto: son parte de una realidad compleja, donde detrás de cada inundación hay también decisiones, urgencias y recorridos familiares muy distintos. La emergencia no termina cuando el agua se retira. Queda pendiente encontrar una salida para quienes viven expuestos a los ciclos de las crecientes.
Y está la gente. Vecinos que prestan lo que tienen, que cocinan para todos, que juntan ropa y colchones. Están los canoeros, que ponen sus embarcaciones al servicio de la emergencia: trasladan familias desde los sectores anegados y llevan agua, comida y provisiones a quienes quedaron aislados, donde ya no se puede llegar a pie ni en vehículo. Navegan entre ramas y camalotes, esquivando la basura que flota, para llegar a casas que el agua dejó como islas. No es una solución de fondo, pero es lo que sostiene a muchas familias mientras el río decide cuánto más va a crecer.
Pero en los momentos difíciles también aparece lo otro: los oportunistas, los que buscan hacerse de lo ajeno mientras el resto intenta salvar lo que puede.
“Hubo una bajante ahora, así que es un alivio para la gente que está en esta situación y para el personal que está trabajando”, contó el intendente Francisco Romero a República de Corrientes. Pero advirtió que se viene “una nueva crecida, así que estamos trabajando con Defensa Civil”. Y fue directo con lo que sigue: “Estamos concientizando a las familias de que van a tener que dejar las casas”.
Si el Paraná alcanzara niveles que agraven el panorama, el Municipio y el Comité de Emergencia tendrán que definir cómo evacuar a quienes todavía permanecen en los sectores que podrían quedar bajo el agua.
Hasta ahora, más de 550 personas dejaron sus casas por evacuación o por decisión propia. Reciben asistencia en tres centros de alojamiento y el Municipio alquiló cinco viviendas para alojar a otras familias.
La respuesta no depende de un solo actor. El Gobierno provincial trabaja junto con el Municipio, el Comité de Emergencia y organizaciones como la fundación Nueva Esperanza, que están en el barrio desde las primeras horas, repartiendo tareas, llevando mercadería y sosteniendo los centros de alojamiento. En una emergencia que se mide en centímetros por día, esa articulación marca la diferencia entre llegar a tiempo o llegar tarde.
El viernes pasado, el río cedió unos centímetros y ahora se estacionó, pero la incertidumbre sigue intacta. Para Isabel, como para tantas otras familias, el problema no es solo dónde pasar los próximos días. Es no saber qué encontrará en su casa cuando pueda volver, ni cuánto tiempo más tendrá que vivir con el miedo de que la próxima creciente la obligue a empezar de cero.

