Hace más de 10 años, Eduardo Acosta comenzó a elaborar escabeches con carnes de caza y a instalarse con puestos de la ciudad. Hoy es un referente con productos gourmet y suvenires de Corrientes, que siguen la línea de lo tradicional.

Entre los coloridos puestos del paseo Arazaty, en la bajada del puente General Belgrano y con el rio Paraná como telón de fondo, decenas de correntinos se instalan cada fin de semana para atraer la atención de vecinos y turistas con sus productos.
Van desde accesorios de moda y mates artesanales hasta una gran diversidad de especies de plantas ornamentales y dulces regionales.
Pero hay un puesto que se destaca, por su presencia y su trayectoria. En la misma esquina de la costanera y 3 de Abril, Eduardo Acosta y su esposa, Natalia, no tardan nada en acercarse con una sonrisa a quienes se detienen a observar los productos que exhiben en su puesto. “Don Adriano” luce una variedad de frascos con los contenidos más diversos: escabeches de yacaré, de surubí o pastas de morrones y aceitunas coexisten con mermeladas de mamón, de frutos rojos y dulces de quinoto y de higo. Y, con suerte para el transeúnte, podrán encontrar, según la estación, otras variedades más curiosas: dulce de leche artesanal con chocolate y mermelada de mandioca, de frutos rojos, de lima o de mango. En paralelo, exhiben también artículos de recuerdo de Corrientes, todos elaborados por Eduardo y su familia.
Su proyecto nació hace más de 10 años, como un sueño familiar, y con el tiempo se convirtió en su única fuente de sustento y en una marca gastronómica para la ciudad. Detrás de cada etiqueta de sus frascos hay, además de muchas horas de trabajo, un legado familiar. “Elegí el nombre de Don Adriano porque uno de mis hijos se llama así y también mi bisabuelo.
Representa a mi familia, a una conexión entre generaciones”, explicó Eduardo a República de Corrientes. Así, además de las recetas familiares de sus padres y abuelos que él siguió elaborando con su propia impronta, Eduardo decidió comenzar este camino “casi por casualidad”, relató. Al comienzo, era una costumbre familiar elaborar escabeches con carnes exóticas y ofrecerlas a amigos y conocidos como un presente, tan valorado que comenzó a ser requerido como un producto con sello propio. Comenzaron a feriar, encontrando una oportunidad para “hacer algo por cuenta propia”.
Durante varios años, el motor de este emprendimiento familiar continuó con su trabajo en comercio, a la par de dedicar los fines de semana a comercializar los productos en la feria, siempre con el apoyo de su familia y de su compañera, Natalia.
Hasta que, hace 5 años, se lanzó a elegir a Don Adriano como única actividad: ser emprendedor de tiempo completo. Y lo que los distingue entre otros productos regionales tiene que ver con su capacidad de llevar lo exótico a la mesa cotidiana.
“Nos compran muchos turistas, pero también vecinos de la ciudad que en todo este tiempo ya se hicieron clientes. Ahora tenemos como 50 sabores de escabeches, dulces y conservas. Elaboramos entre 500 y 600 frascos por mes, que van variado de productos, según la estación”, relató.
Comenzó en la cocina de su propia casa, reciclando frascos. “Luego me fui capacitando, aprendiendo, y orientando hacia una imagen en la etiqueta que nos representara. Siempre comercializamos en ferias, con la visión de hacer productos accesibles y de la mejor calidad”, comentó. En su casa, asegura, “nadie nunca está de balde”. Así, sus cuatro chicos, Guillermina, Ernestina, Adriano e Iván, colaboran en los procesos. Algunos pelan las frutas y verduras, otros pintan imanes y llaveros. “Mi hija mayor logró recaudar el dinero para su viaje de egresados con los imanes”, destacó Eduardo.
Las dos más grandes ya son universitarias: una estudia veterinaria y la otra, fonoaudiología, mientras que los dos varones van todavía a la escuela. “Yo quiero que estudien”, asegura Eduardo, aunque les inculca también su pasión por emprender, algo que aprendió en su propia casa. “Con mis hermanos jugábamos al rugby y, para poder costear los viajes y asistir a los partidos, mi papá nos compraba los ingredientes y tapas de empanadas y nosotros teníamos que cocinar y venderlas. Y no quedaba ningún vecino del barrio Belgrano sin ofrecer”, recuerda. “Somos buscavidas, en el buen sentido”, define.
Entre las cosas que más satisfacción les dejan a los Acosta tiene que ver con recibir fotografías y mensajes de clientes de otras latitudes donde nos muestran que están consumiendo sus productos. Así, con el registro que lo habilita a comercializar en la ciudad, espera conseguir el registro nacional para acceder a Buenos Aires como nuevo mercado.
Con su ejemplo de perseverancia y convicción, Eduardo reafirma su visión sobre calidad y con ser independiente. “Aunque algunas cosas cuestan más como emprendedor, trabajando se puede todo”, reflexiona.

